Érase una vez una viuda que vivía en una casita en el campo con su hijo Juan. Eran muy pobres y su trabajo consistía en vender la leche y la mantequilla que les daba una vaca llamada Linda. Pero hubo un día que Linda no tenía más leche.- Tendremos que venderla para sacar un poco de dinero, y poder comprar algo de comida – dijo la madre.
- Yo venderé la vaca a un buen precio – dijo Juan.
Al día siguiente, Juan se llevó a Linda para venderla en el pueblo, y se cruzó en el camino con un extraño viejecito que le habló así:
- Buenos días, joven. ¿Me equivoco o vas a vender esa hermosa vaca?.
- No se equivoca, buen hombre – contestó Juan.
- Yo quiero comprarla y, además, te daré cinco judías mágicas. Si las plantas por la noche, al día siguiente habrán crecido tanto que llegarán hasta el cielo.
A Juan le encantó la idea, de modo que cambió la vaca por las judías y se fue a su casa.
- Mira mamá, he traído unas judías mágicas que he cambiado por la vaca.
- Pero ¿qué has hecho? ¡Cómo van a ser mágicas! Ya estás con tus fantasías.
Y, enfadada, la madre de Juan tiró las judías por la ventana.
Cuando despertó al día siguiente vio algo maravilloso: las judías eran mágicas de verdad y una de ellas había crecido hasta perderse en las nubes. Juan subió y subió por la judía hasta encontrarse en un país extraño. Echó a andar y poco después le salió al paso una dama muy hermosa que le preguntó por su madre y le dijo:
- Soy un hada y fui madrina de tu padre quien era un hombre excelente con mucho dinero. Un mal amigo, un gigante, le robó todos sus bienes. Yo no pude ayudarle, pero te voy a ayudar a ti a recuperar lo que era vuestro. Él vive cerca de aquí, sigue por este camino y cuando llegues a su casa actúa con cuidado.
El hada desapareció y Juan siguió andando. Un camino le llevó a una casa en la que había una señora.
- Amable señora, ¿ podría darme algo de comer?.
- ¡ Tienes que marcharte porque aquí vive un ogro que se come a los niños como tú!.
- Bueno, pues me arriesgaré – dijo Juan -. Me gustaría verlo.
Y la mujer le preparó una tostada con mermelada y mantequilla, un vaso de leche y un pastel.
De pronto, el suelo retumbó: ¡PLAM, PLAM, PLAM!.
- ¡Es mi marido, rápido, escóndete en el radiador!.
- ¿Aún no está listo mi desayuno, mujer? – gritó el ogro -. Pero ¿qué es ese olorcillo que me viene a la nariz? ¡Huelo a carne fresca de jovencito!
- Te confundes, querido – dijo la mujer -. Lo que pasa es que estoy haciendo sopa con los huesos del niño que comiste ayer. Cómete esta comida tan rica.
Y le puso en la mesa jamones, pollo asado y huevos.
Entonces el ogro se comió la comida y se quedó dormido encima de la mesa dejando una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Juan tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar cómo el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Juan y, recogiendo el talego de oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo. Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío.
Se trepó Juan por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro. Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Juan que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, ¡oh maravilla!, tocaba sola una delicada música, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco.
Apenas le vio así, Juan cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Juan, empezó a gritar:
-Eh, señor amo, despierte usted, ¡que me roban!
Se despertó sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores:
-Señor amo, ¡que me roban!
Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Juan. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas, empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él.
No había tiempo que perder, y así que gritó Juan a su madre, que estaba en casa preparando la comida:
-¡Madre, tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Juan, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Juan y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.
Hans Christian Andersen

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